Introducción

La sociedad de hoy es muy distinta a la sociedad donde nacimos y  crecimos. El mundo  contemporáneo tiene características que lo hacen muy particular y que  obligan a replantear la manera cómo se vive y entiende la realidad y cómo nos relacionamos unos con otros.  El mundo de  hoy esta signado por rápidos avances tecnológicos expresados de manera significativa en  la revolución comunicacional, lo cual ha creado a su vez nuevas formas de relaciones. La incorporación de los teléfonos celulares, como parte imprescindible de la vida,  la conexión al mundo por medio de internet, y la vinculación con personas conocidas y desconocidas vía redes virtuales como facebook o twiter, representa sólo algunos ejemplos de la nueva manera de ser sociedad en la actualidad.

Nuestros jóvenes no conocen un mundo sin celulares, sin internet, sin cable, sin tv de plasma y sin facebook, porque ellos nacieron en un mundo con esas características; son jóvenes que pertenecen a una sociedad digital e interconectada. Es imposible hoy imaginar un mundo sin celulares, sin internet, sin tv por cable o satelital, y sin SIDA.

El SIDA es una realidad en el mundo actual tan presente en nuestras vidas como internet o los celulares, con la cual conviviremos por mucho tiempo. Una evidencia de esa presencia en medio nuestra se expresa en  que cada uno y cada una seguramente ya han escuchado algo referente a este tema, tiene un familiar  o conoce a una persona que vive con el VIH.  Es bueno destacar que hay otras enfermedades con las cuales convivimos, de la misma magnitud o más que la que causa el VIH, pero que no  generan en nosotros las mismas reacciones o actitudes que provoca el SIDA. Ninguna otra enfermedad ha logrado que la ONU constituya agencias exclusivamente para atenderlas: no existe ONUCANCER, ni ONUHEPATITIS, y mucho menos ONUDIABETES, pero curiosamente si tenemos ONUSIDA. Ante este fenómeno es imperativo preguntarse por qué una enfermedad como el SIDA genera en los seres humanos reacciones distintas a las que producen otras patologías. ¿Por qué esta enfermedad y no otra hacen que la ONU le preste una atención preferencial? ¿Por qué al escuchar la palabra SIDA en la mayoría de las personas  se despiertan actitudes, reacciones y sentimientos encontrados  que no sabemos explicar?

El SIDA a diferencia de otras enfermedades pone en evidencia diversos aspectos de la vida que históricamente hemos preferido mantener en silencio, ocultarlos o simplemente evadirlos porque producen  rechazo, dudas, incertidumbres y hasta cuestionamientos a nuestra manera de ser y hacer, de vivir y convivir. En otras palabras el SIDA ha hecho que algunos de nuestros miedos salgan y se pongan a flor de piel; miedos que nos acompañan y que hemos heredado culturalmente, los cuales siempre  han estado presentes pero que en muchos casos se han mantenido en secreto o por lo menos en silencio, porque hemos aprendido que la ausencia es equivalente a la no existencia. Erróneamente creemos que no hablar de algo automáticamente lo saca de la vida. Pero el SIDA además de enfermedad también actúa como una luz que  visibiliza esos miedos, razón por la cual muchos optan por mantener la distancia para no ser puestos en evidencia. Por eso aunque se conoce de la presencia del SIDA, se  vive como que si no existiera, usando la negación como mecanismo de defensa y de evasión.

Cabe preguntarse cuáles son esos miedos que el SIDA descubre y pone de manifiesto que ninguna otra enfermedad hace. ¿Cuáles son esas realidades que el SIDA obliga a visibilizar? Se pueden mencionar varias entre ellos: miedo a la sexualidad, miedo a la vulnerabilidad y miedo a lo diferente.

Miedo a nuestra sexualidad produce ignorancia

Históricamente la sexualidad no era un asunto  asumido como tema de interés familiar, gubernamental o religioso, por lo menos no con la relevancia que el SIDA ahora ha obligado a tenerle. Hablar de SIDA es necesariamente hablar de sexualidad humana; más del 90% de las personas que adquieren el VIH lo hacen por vía sexual. Esto ha hecho que en estos más de 30 años de pandemia, hablar sobre lo que nunca se hablaba abiertamente se convierta en una necesidad, es decir abordar el tema de la sexualidad humana.

De manera curiosa ninguna otra Infección de Transmisión Sexual había provocado en las diversas instancias sociales orientar su atención hacia un aspecto de la vida del cual sólo se hablaba en forma de chiste y secreta. Un simple ejercicio de memoria podría ayudarnos a verificar el papel que el tema desempeñaba en nuestro seno familiar. ¿Cuándo éramos niños y jóvenes con quien podíamos hablar sobre el tema de la sexualidad? ¿Cómo fue nuestra educación sexual? ¿Qué se decía sobre ella? ¿En qué espacios se hablaba sobre el tema?  Aunque las experiencias varían de una persona a otra lo común seguramente es que el tema no era muy bien visto y sacarlo a relucir podría traer como consecuencia actitudes reprobatorias y condenatorias; crecimos con muchas preguntas al respecto, incluso con ideas erradas sobre la sexualidad; la educación sexual que recibimos la obtuvimos de las conversaciones en la clandestinidad si se quiere, de los medios de comunicación cuya visión de la sexualidad es mercantilista y fetichista,  de revistas pornográficas y no educativas, y de las vivencias personales a lo largo de la vida.

La sexualidad siempre ha tenido un toque de misterio, de morbo, de silencios de interrogantes que con la aparición del SIDA se colocan ahora en el tapete y que de manera categórica obliga a hablar de aspectos de la vida que hemos preferido  mantener en el exilio de la cotidianidad. Por eso al escuchar la palabra SIDA de manera inmediata nos conectamos con el tema de la sexualidad y en consecuencia con la manera de cómo la entendemos, de cómo la ejercemos y de cómo la enseñamos a nuestros hijos y jóvenes. Y esa relación SIDA-sexualidad produce una serie de emociones, sensaciones, reacciones y actitudes que incomodan, que nos cuestionan y  finalmente se transforman en miedo. Es el miedo a convivir con un aspecto de mi vida del cual no me puedo librar, como lo es la sexualidad, porque todos somos seres sexuados y sexuales, pero que históricamente se ha valorado como malo, prohibido y secreto. El lenguaje que se usa para hacer referencia a los genitales representa un simple ejemplo que encierra todo un imaginario de vergüenza, temores, ocultamiento, y tergiversación de una parte del cuerpo que es tan limpia, sana, necesaria y buena como lo son las orejas, las manos, el pelo, entre otros: Se prefiere llamar a los genitales masculinos pipi, bichito, machete, bolas, piripicho, etc, y a los femeninos, cuca, totona, pepa, bollo, etc; y cuando alguien habla de pene o vulva entonces todo el mundo se sorprenden y se extrañan.

El SIDA ha sacado el tema de la sexualidad humana colocándolo en el día a día de la palestra pública, a tal punto que hemos pasado de no hablar a hablar demasiado en muchos casos y no siempre de la manera más adecuada. Algunos creen erróneamente  que para que la sexualidad deje de ser tabú entonces hay que hablar de sexo de manera explicita y pública, confundiendo sexualidad con genitalidad y educación sexual con libertinaje sexual.  Es esta la situación que nos genera pánico: ¿Cómo hablar de sexualidad cuando a  nadie me habló de ella? ¿Qué debo decir a mis hijos,  cuándo y cómo decirlo? ¿Qué se entiende por sexualidad responsable? ¿Cómo podemos ejercer la sexualidad en un contexto de equidad y responsabilidad? Son estas preguntas que no siempre tienen una respuesta simple las que producen reacciones de tipo defensivo y que preferimos evitar.  Pero nos guste o no la aparición del SIDA nos ubica antes estas interrogantes cuyas respuesta nos toca construir si queremos aprovechar las oportunidades que esta pandemia también nos presenta. El miedo a abordar el tema de la sexualidad humana sólo nos ha traído consecuencias muy costosas y dolorosas: embarazos tempranos y no planificados, Infecciones de Transmisión Sexual, Virus del Papiloma Humano, muertes por abortos practicados de manera ilegal, y el SIDA entre otras.

Miedo a lo diferente produce discriminación

Los primeros casos de VIH detectados en la década de los 80  correspondieron a personas de orientación homosexual en la ciudad de San Francisco, EE.UU, lo cual hizo que se vinculará SIDA como una enfermedad exclusiva de homosexuales, Inclusive, aun hoy, muchas personas piensan de esta manera. Después de más de 30 años de pandemia sabemos que el VIH es un virus que puede afectar cualquier persona sin importar su orientación sexual, su edad, su religión, su preferencia política; o su condición social. En otras palabras no hay nada más democrático, inclusivo y ecuménico que el VIH.

Ubicar el Virus de Inmuno Deficiencia Humana en los homosexuales  y además identificarlos como grupo de riesgo, inconscientemente era una manera de ponerse a salvo, porque todos aquellos que no pertenecieran a dicho grupo no tenían porque preocuparse debido a que no estaban expuestos a riesgos de adquirir el VIH. Esta actitud errada creó una falsa seguridad y además fomentó la estigmatización y la discriminación hacia las personas de orientación homosexual.

Si el tema de la sexualidad ha generado miedos en la sociedad, la homosexualidad ha creado pánicos, y el SIDA ha visibilizado de manera significativa a estas personas y además el rechazo de una porción no pequeña de la sociedad hacia ellos. La heterosexualidad es el patrón cultural desde el cual valoramos a las personas y sus comportamientos. Todos y todas nos hemos formado en una sociedad patriarcal y machista y desde allí interpretamos y juzgamos la manera como las personas se relacionan entre sí. En otras palabras, juzgamos a  nuestros semejantes de acuerdo a nuestros patrones de formación, lo cual hace que identifiquemos como “bueno y normal” todo aquello que se parezca a nuestra manera de ser y comportarnos, y de “malo y anormal” todo lo que no se parezca a nosotros.

En el imaginario cultural familiar lo ideal es que el primer hijo sea varón, y si no lo es hay que insistir hasta tenerlo; y no basta con que sea varón sino que tiene que ser macho y “bien macho”.  En ese sentido la sociedad se encarga de construirlo a través de la familia, los medios de comunicación, la escuela, y las mismas iglesias. Y macho en nuestra cultura es que sea agresivo, mujeriego y además insensible. Los padres viven con la incertidumbre y el temor sobre la hombría de sus hijos varones. Viven con la angustia y el miedo, que nunca expresan acerca de la posibilidad que su hijo pueda ser homosexual. Por eso entran en pánico si el niño juega con muñecas, sino les gusta el beisbol o no quiere practicar los deportes rudos identificados con la hombría. Quienes tienen hijos varones saben sobre que estoy hablando porque todos y todas han pasado por estas situaciones. Acá vale la pena también levantar más preguntas. ¿Por qué nos produce tanto rechazo una persona de orientación homosexual? ¿Por qué genera tanto miedo? ¿La dignidad de las personas las determina su orientación sexual? ¿Sólo los heterosexuales son personas dignas, “normales”, y con derechos?

Reconozco que la homosexualidad no es un asunto fácil de abordar y explicar en nuestra sociedad y que hay múltiples interpretaciones de esta realidad lo cual expresa su complejidad, pero vale la pena destacar y subrayar el miedo que genera todo aquello que es diferente a nosotros y que vemos  como una amenaza a nuestra seguridad. El SIDA ha sacado a luz cuan excluyente y estigmatizantes se puede ser contra todo lo que no se parezca a nosotros, lo diferente, lo no convencional. El pánico que produce la visibilización de las minorías sexuales hizo que un diagnostico médico como lo es un resultado positivo de VIH, sea convertido en un diagnostico moral. En otras palabras erróneamente consideramos que quienes adquieren el VIH es porque se lo merecen debido a un comportamiento indebido, y algunos sobre todo los religiosos van mucho más allá al afirmar que el SIDA es un castigo de Dios para las trabajadoras sexuales y las personas de orientación homosexual. Esta imagen del Dios que castiga a sus hijos e hijas porque se portan mal no se corresponde con el rostro solidario y compasivo que el Evangelio de Jesucristo describe y sostiene. Es una concepción equivocada de cómo Dios se relaciona con sus criaturas, y una forma de sacralizar las actitudes discriminatorias hacia los que sufren a causa del VIH.

Miedo a la vulnerabilidad produce indiferencia

Cuando  atravesamos situaciones difíciles que hacen  que la vida se estremezca y sacuda,  o somos testigos de esas experiencias en otras personas, en ese momento logramos enfrentarnos a nuestra propia vulnerabilidad. Vivimos engañándonos y engañando a los demás dando la sensación de “super hombres” o “super mujeres”, a quienes no les pasa nada ni les afecta ninguna situación; nos consideramos casi inmortales, pero esta falsa actitud es cuestionada al ir al servicio fúnebre de alguna persona cercana y allí nos encontramos con la realidad de la muerte Esta situación nos confronta porque sabemos que en algún momento seremos nosotros quienes estaremos en el féretro; al ver un niño con Síndrome de Down las madres y padres que esperan  un hijo tienen que luchar con los pensamientos que inevitablemente aparecen acerca de que su hijo pueda tener dicho síndrome; son los mismos pensamientos que produce encontrarnos con una persona en una  silla de rueda, lo cual nos coloca ante la posibilidad de poder llegar a una situación similar. Todos somos vulnerables ante la muerte, ante enfermedades congénitas y antes accidentes inesperados. Esa es una realidad que la indiferencia no puede eliminar, pero si disfrazar.

Aunque la fragilidad es parte de nuestra vida, preferimos vivir como “pequeños supermanes”, con un cuerpo de acero y con la idea de que nada nos afecta. Un gran porcentaje de las personas que viven con el VIH creían que a ellos nunca podría pasarles algo así, que dicha enfermedad podría ser adquirida por otras personas pero no por ellas, porque  olvidamos que inclusive superman es vulnerable ante la criptonita.

Así como la mejor manera de esconder nuestra vulnerabilidad ante la muerte es no participar en velorios; o voltear nuestro rostro ante un niño con Síndrome de Down o ante  una persona con cierta discapacidad, falsamente pensamos que mantener una actitud indiferente ante la problemática del SIDA nos inmuniza ante su presencia. El SIDA ha desnudado nuestra fragilidad como ninguna otra enfermedad lo ha hecho hasta ahora, al obligarnos a hablar seriamente sobre aspectos de la vida arropados por el silencio y los mitos, como la sexualidad humana, la estigmatización y la discriminación. Por eso la mejor manera de ocultar o disimular la fragilidad humana es no dejarse desafiar por lo que atenta contra nuestra seguridades y mantenerse indiferente ante todo aquello que represente una amenaza para nuestra “tranquilidad”. Dicho de otra manera, es mejor no hablar de SIDA porque  sabotea nuestras seguridades y pone en evidencia nuestra fragilidad, y sobre todo nuestros miedos.

Algunas conclusiones

–          Es hora de hablar sobre la sexualidad como un regalo de Dios para la vida humana, para ello es necesario abrir espacios formativos tanto en el seno familiar como educativos para fomentar desde la niñez una formación en sexualidad centrada en la vida y no en mitos.

–          La sociedad contemporánea le rinde culto al sexo, lo cual representa una amenaza para el ejercicio de una sexualidad liberadora y dignificante, ya que reduce sexualidad a genitalidad. Es urgente que todos los espacios de la sociedad (familia, escuelas, liceos, universidades y el estado con todas sus instancias), medios de comunicación  contribuyan en fomentar una educación sexual cuyos contenidos respeten el desarrollo psicosocial  e intereses de los niños, niñas y adolescentes, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad.-

–          La discriminación por ninguna razón se justifica, la dignidad de las personas está por encima de cualquier norma social o religiosa. Las minorías sexuales que viven o no con VIH son tan dignas y tan humanos como cualquier heterosexual que viva o no con el VIH. Probablemente no tengamos todas las respuestas ante la diversidad de orientaciones sexuales y que aun nos cueste entender mucho al respecto, pero no se necesita entender para servir o respetar la dignidad del otro o la otra. Las personas deben ser juzgadas por la calidad de su relación con Dios y con su prójimo, de acuerdo al evangelio, lo cual está por encima de todo.

–          Si todos somos vulnerables ante el SIDA, entonces todos y todas tenemos el deber de trabajar para prevenir que más personas adquieran el VIH. Admitir nuestra vulnerabilidad  permite asumir la vida con mucho más responsabilidad y cuidados; hace que la solidaridad con el otro y la otra en situaciones difíciles se manifiesten de manera natural; abre la posibilidad a la tolerancia y el respeto por lo diferente. Paradójicamente reconocer la fragilidad de todo ser humano, incluyéndonos, nos hace mucho más fuertes y nos ayuda a manejar de manera más adecuada los miedos y las amenazas.

–          Los miedos pueden generar parálisis o movimiento. Ante un peligro inminente podemos quedarnos paralizados o salir a buscar soluciones. No dejemos que el miedo que produce el SIDA en nosotros paralice nuestras acciones, sino que al contrario nos mueva hacia la construcción de una sociedad más segura, más inclusiva, más tolerante, mas humana.

Muchas Gracias

Rev. César Henriquez

Coordinador General- Acción Ecuménica